lunes, 19 de enero de 2009

Esperando

Hoy he ido, después de mucho tiempo, a la consulta de mi médico de cabecera o de familia como lo llaman ahora.
No era nada importante,un simple dolor de garganta, pero durante la hora larga en que he estado esperando he disfrutado observando un espectáculo que, hasta hoy, me era desconocido: el mundo entre las paredes de un ambulatorio de la Seguridad Social.
Parece una película, una serie o una telenovela, pero por lo que hoy he visto, más bien diría que es un auténtico reality show al más puro estilo español.
Había numerosos grupos de señoras y señores, jubilados y no tan jubilados, que se saludaban y aprovechaban para ponerse al día de nietos, enfermedades varias y hasta defunciones que se habían producido estas últimas semanas o meses.
Sentado en una esquina un hombre, ya sententón, ha conseguido localizar con un enorme teléfono movil a sus hijas ¡debían ser bastantes! y ha aprovechado para hacer un repaso, no siempre amable, de sus múltiples parientes y conocidos.
Había también una mujer haciendo ganchillo mientras su marido jugaba a una maquinita de esas que calculan la edad mental de quien las utiliza pero, por el esfuerzo y la cara que ponía, no parece que estuviese muy conforme con los resultados que estaba consiguiendo.
Tampoco faltaba quien leía con calma el periódico y quien no podía permanecer ni un minuto más sentado ¡por lo menos eso decía él! y se paseaba,de arriba a abajo, ante la atenta y nada cordial mirada de su esposa.
Las enfermeras recorrían los pasillos saludando a los sufridos enfermos y la señora de la limpieza nos facilitaba el ejercicio al hacernos levantar las piernas cada vez que pasaba la mopa por debajo de los bancos de la sala de espera.
Todo esto acompañado de un concierto de toses y sonidos bronquiales que pedían a gritos que subieran la calefacción; estropeada, por cierto, desde el viernes.
Es fácil que en estos casos se termine hablando y ,después de una hora o más de obligada convivencia, uno llega a sentir cariño y hasta compasión por quienes le han contado sus innumerables dolencias o la interminable lista de medicamentos que toman a diario.
Por fín he oido mi nombre detrás de la puerta de la consulta y he logrado contarle mis penas al médico que ha tenido la amabilidad de mirarme la garganta y recetarme un genérico de los más sencillos,eso me ha dicho, porque lo mio era poca cosa.
¡Me he quedado muy tranquila! y esque después de más de una hora de espera ya empezaba a ponerme nerviosa...
Pongamos que hablo de Madrid...o no.

3 comentarios:

maria jesus dijo...

De Madrid hablas, de Madrid y que conste que yo tengo un ambulatorio y una medica de cabecera que no cambio por nada, fíjate que mis hijas no han querido cambiar de ambulatorio, a pesar de que se fueron a vivir lejos, cuando se casaron. Pero lo que cuentas es lo mismo en todos lados

Natalia Pastor dijo...

La última vez que fui al ambulatorio,por un catarro interminable,topé con una anciana simpatiquísima,que me contó que ella iba todos los dias a la consulta a charlar con las amigas.
Se reunían un grupo de abuelitas,hablaban de sus cosas,y de paso,el médico les echaba un ojo de un dia para otro,para comprobar,que en 24 horas,nada había canmbiado,ja,ja,ja.
Me quedé estupefacta.

andrea dijo...

Cuando fui unos dias a Valencia, me toco pasar algo similar!! inclusive más, el doctor enojado y mandando a todo lejos, incluso hasta los pacientes! y dejando a todos los enfermos sin médico por ese día...fue toda un escena aquel día!
Que cosas pasan en esos lugares! jeje

Inés, tengo problemas para dejar comentarios, no sé porque...
lo intenteré con anónimo. Gracias por enlazarme, yo también he dejado un enlaze de tu sitio en el mio.

Saludos.

Andrea (Andando hacia Belén)